La Educación Positiva (también llamada Disciplina Positiva) es una forma de criar, educar, guiar, enseñar a nuestros hijos, de acompañarlos en su crecimiento. Más que de una metodología, se trata de una “filosofía de vida”, de una manera de estar y de afrontar la vida familiar.

La Educación Positiva se basa fundamentalmente en relacionarnos con nuestros hijos desde el amor y el respeto, cuidando la relación que tenemos con ellos. Se trata de aprender a ser mejores padres y a disfrutar más de nuestros hijos. De influir positivamente en los niños, ayudándoles a ser adultos seguros de sí mismos, autónomos y felices, buscando fomentar en nuestros hijos tanto el amor por la familia como su capacidad para disfrutar de la vida y para enfrentar los problemas.

Orígenes

Sus bases se remontan a los años 20, cuando un psiquiatra vienés que se llamaba Alfred Adler empieza a hablar del respeto a los niños y de que era importante la forma en la que nos relacionábamos con ellos. Adler creía que todos merecemos ser tratados con la misma dignidad y respeto, independientemente de la edad. Además, decía que el comportamiento humano está motivado por el deseo de pertenencia, es decir que el fin último de cualquier ser humano es sentir que pertenece, que forma parte del grupo y que se le tiene en cuenta.

Años más tarde, su discípulo, el psiquiatra vienés Rudolph Dreikurs, va más allá y habla de que los niños tienen maneras equivocadas de hacer que se les tengan en cuenta. Dreikurs decía que “un niño que se porta mal, es un niño desanimado”.

En los años 80 en EEUU, la doctora en pedagogía y terapeuta familiar, Jane Nelsen junto con la psicoterapeuta Lynn Lott, basándose en las enseñanzas de Adler y Dreikurs crean la Disciplina Positiva y empiezan a expandir esta filosofía de vida en familia en EEUU y más adelante en Europa. En España empieza a conocerse en el año 2013.

Principios Educación Positiva

Para poder entender la Educación Positiva, es importante conocer sus principios fundamentales, ya que son la base de esta filosofía de vida.

1.- Conocer y entender a tu hijo/a: conocer la etapa de desarrollo en la que está tu hijo/a y además tener en cuenta su temperamento, las habilidades sociales o emocionales que tiene para poder comprender mejor el comportamiento de tu hijo/a.

2.- Comprender el motivo que hay detrás del comportamiento: todo comportamiento tiene un propósito. Gestionar las creencias es tan importante como gestionar el comportamiento.

3.- Se hace hincapié en el sentido de pertenencia, que los niños sientan que son parte importante, que pertenecen al grupo, que son queridos y tenidos en cuenta, que se les acepta de manera incondicional, que se les escucha, que pueden tomar decisiones. Los niños se sienten más motivados para colaborar y aprender cuando se sienten queridos y conectados con los demás.

4.- Amable y firme al mismo tiempo. Se basa en el respeto mutuo. Se respeta al niño, al adulto y a las necesidades de la situación. Se ponen límites con amabilidad y respeto.

5.- Efectiva a largo plazo: es un proceso que busca resultados a largo plazo y duraderos. No es permisiva ni punitiva. Descarta soluciones inmediatas que son irrespetuosas y poco eficaces a largo plazo, como, por ejemplo, el castigo. Se pretende dejar enseñanzas para toda la vida.

6.- Enseña habilidades sociales, emocionales y para la vida: se tiene como objetivo enseñar las habilidades que queremos que nuestros hijos tengan en un futuro.

7.- Errores como oportunidades para aprender: no hay padres perfectos ni hijos perfectos. Todos vamos a cometer errores. Se tiene una visión positiva de los errores ya que éstos nos sirven para aprender, crecer y mejorar.

8.- Se centra en la búsqueda de soluciones: la culpa no ayuda a solucionar problemas. Los padres en lugar de machacarnos con la culpa, nos responsabilizamos y buscamos soluciones y, en lugar de culpar y avergonzar a nuestros hijos por sus errores, nos centramos también en encontrar soluciones.

9.- Ayudar a que los niños aprendan a confiar en sus propias capacidades, reforzando el esfuerzo y las ganas de mejorar.

Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para empezar a educar de forma positiva porque se basa en relaciones de respeto mutuo, en las que los padres se respetan a sí mismos y a sus hijos.